10 jul. 2017

La injerencia cubana en Colombia

Por @ruiz_senior

Antes de tomar el poder, aun de alzarse en armas para hacerlo, Fidel Castro estuvo en Colombia y tomó parte en la revuelta del 9 de abril de 1948. Era un muchacho de veintiún años y llegó invitado por una iniciativa del gobierno argentino para sabotear la Conferencia Panamericana con un congreso de estudiantes. Pese a lo que las patéticas teorías de conspiración hacen creer, los hechos de ese día no fueron obra suya ni mucho menos fueron planeados por él. Puede que incluso tuviera la misión de cometer crímenes junto con el grupo de cubanos con el que llegó, pero hasta ahí es admisible atribuirle un papel en dichos hechos.

Tampoco es tan evidente que su rebelión armada contra Batista estuviera animada por los soviéticos. Los comunistas cubanos habían formado parte de un gobierno en el que estaba Batista y operaban libremente bajo su dictadura. La rebelión contra el dictador la llevaba a cabo otro partido sin claras conexiones con el comunismo. Sólo cuando la caída de Batista era un hecho, al final de 1958, se reunieron los jefes comunistas con Ernesto Guevara para asociarse.

La toma del poder por Castro y su guerrilla y su alineamiento con el bloque soviético marcaron el verdadero comienzo de la injerencia cubana en Colombia. Dentro de su política de "exportar la revolución" destacaron los planes de crear en los demás países latinoamericanos "focos" guerrilleros que "replicaran" la historia de la sierra Maestra. Se conocen testimonios de cubanos presentes en los focos guerrilleros comunistas ya en 1961.

Así surgió el ELN. Es del máximo interés el hecho de que sus fundadores hubieran sido enviados a Cuba para adoctrinarlos por Plinio Apuleyo Mendoza, entonces dirigente del Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen. Unos años antes otros dirigentes de dicho movimiento, Carlos Lemos Simmonds y Manuel Cepeda Vargas, persuadieron a Pedro Antonio Marín de volver al monte. Conviene prestar atención a la cita de Mendoza:
Lo que muy pocos saben es que nuestro compañero Luis Villar Borda consiguió con Fidel Castro que en Cuba fueran adiestrados 25 militantes nuestros. Entre ellos figuraba nadie menos que Fabio Vásquez Castaño, hermano de Manuel Vásquez, nuestro compañero en la dirección de las Juventudes. Pues bien: cuando regresó a Colombia, por su propia cuenta y a espaldas nuestras, Fabio Vásquez decidió irse a las montañas de Santander para fundar las guerrillas del Eln.
Pero el ELN no fue lo único que le "aportó" el régimen cubano a Colombia en los años sesenta, la penetración en las universidades en esos años fue generalizada. Los estudiantes de los primeros años setenta recibían un intenso adoctrinamiento basado en un texto fundamental: Los conceptos elementales del materialismo histórico. Su autora, la chilena Marta Harnecker, era la esposa de Manuel Piñeiro, el comandante Barbarroja, uno de los fundadores del G2 cubano. Conviene prestar atención al papel del régimen cubano como heredero del comunismo soviético: quien ayudó a organizar la policía política cubana fue nada menos que Markus Wolf, el jefe de la temible Stasi de la desaparecida República Democrática Alemana.

Las intrigas durante los años setenta aumentan con la fundación del M-19 y de la revista Alternativa, iniciativas conjuntas promovidas, controladas y probablemente financiadas por los cubanos. Al respecto es muy elocuente lo que dice el primer director de dicha revista, que curiosamente es el padre de la siniestra @caidadelatorre.
[Respecto a los intentos de Bateman de controlar la revista] Lo intenta una primera vez con la “Alternativa del pueblo”, pero al parecer no logra asumir la dirección, sino la militancia de algunos. En la segunda arremetida gana Bateman con la venia de García Márquez…y de Fidel supongo –porque ambos prefieren a un chico más travieso y mágico que a todos sus Aurelianos Buendías peleados en mil guerras, pero ya a la espera de la pensión de retiro: Manuel Marulanda, Jacobo Arenas, Fabio Vásquez Castaño…
De donde es obvio inferir que García Márquez obraba como representante del régimen cubano en la redacción de la revista y también respecto del M-19.

Como ya expliqué en otra parte, el primer logro del M-19 fue impedir un triunfo electoral de la Anapo, es decir, abrirle el camino a López, el viejo líder del MRL que ya obraba como aliado del régimen cubano, con el que restableció relaciones diplomáticas en cuanto se posesionó.

La embajada en Colombia desde entonces es tan importante que el embajador Ravelo se reunió con los jefes del tráfico de cocaína para negociar el paso de los barcos cargados con cocaína y el transporte de armas para el M-19. Al respecto conviene leer "Las guerras secretas de Fidel Castro", el valioso texto de Juan Benemelis.

También respecto de la implicación del régimen cubano en el tráfico de cocaína y en las actividades de las bandas terroristas merece atención este escrito del investigador Mauricio Rubio.

De algún modo, a partir de la instauración de la dictadura castrista, se puede decir que dicho régimen controla a las diversas variantes del narcotráfico y el terrorismo en Colombia. El testimonio de alias Popeye sobre el papel de García Márquez como mensajero entre los Castro y Pablo Escobar es muy elocuente. También la actitud de sumisión ante los Castro de los jefes terroristas que negociaban la "paz" en Cuba.

La "paz" de Santos es la entrega completa del país al régimen cubano, tal como lo ha sido la Venezuela bolivariana. Sin duda, buena parte del negocio en expansión de la cocaína termina controlada por la nomenklatura de dicho régimen, pero es más interesante el control que tendrán sobre los servicios de seguridad y de información (tal vez fuera una de las causas de que Santos cerrara el DAS), amén de las fuerzas militares.

¿Cuántos cubanos viven actualmente en Colombia? Muchos de ellos son sencillamente espías o agentes del régimen que trabajan para apropiarse totalmente del país.

La principal tarea que los demócratas colombianos tienen por delante es la independencia del país. Eso significa la expulsión de los agentes cubanos y la "purga" de las instituciones. Es una tarea ingente para la que Colombia no está preparada y sobre la que los candidatos de 2018 nunca hablan. Lo más probable es que todos estén dispuestos a acomodarse a la nueva situación de virreinato para poder ocupar los cargos públicos, pues el narcorrégimen cubano no va a soltar la presa fácilmente.

Gobernante sin gobernados

Por Jaime Castro Ramírez

El patrimonio político de un gobernante, por principio filosófico, es el pueblo, sin lugar a ninguna duda. Es bien sabido que la política la origina el pueblo, de la cual se genera el poder, el cual es otorgado por la voluntad ciudadana a sus gobernantes, asignándoles así la grande responsabilidad del mandato de gobernar en cumplimiento de la Constitución y la ley, para desarrollar un programa de gobierno, y a la vez les confiere la misión de representantes de la sociedad. Bajo tales preceptos el pueblo refrenda el sentido de legitimidad del poder en el entorno de la democracia.

La soledad de poder del presidente Juan Manuel Santos Calderón
En sentido ideológico, la política es el arte de gobernar con sentido social, luego el poder necesita pueblo como elemento esencial de legitimidad y de apoyo a esa facultad de gobernar ejerciendo el poder. Y para tener el apoyo y acompañamiento popular es indispensable que el gobernante cumpla a cabalidad con las promesas mediante las cuales convocó la voluntad del pueblo para ser elegido. El no cumplimiento de tales promesas significa consecuentemente la ausencia del apoyo popular, lo que simplemente se traduce en serios inconvenientes de ingobernabilidad, pues por obvias razones el gobernante termina aislándose riesgosamente del origen del poder, es decir que se aísla de su progenitor político que es el pueblo, quien le ordenó y le confirió ese mandato. Así es muy difícil gobernar.

El presidente Santos tiene sobre sus hombros un grande peso que lo agobia profundamente por contravención a la sociología política, pues desde el principio de su gestión como gobernante no encontró el punto adecuado de intersección entre el poder y la estructura social, pero además, con el agregado de la seria dificultad que le ha aportado el orgullo narcisista que acompaña su personalidad.

Un gobernante que haya incurrido en acciones por las cuales el pueblo le haya retirado su apoyo, lo que luego encuentra como respuesta es un justificado y merecido escenario político turbulento de crítica, gestado por su propio talante de mal gobernante, y más aun, si ha habido antecedentes cuestionables para acceder al poder, pues aparece entonces la razón por la cual pone en plano de discusión su propia legitimidad, y por supuesto que el resultado de toda esta dramática escena es que también encuentra el infortunio de su ‘soledad de poder’, lo que desde luego tiene implicaciones institucionales.

Se haría muy extenso mencionar en detalle todo este difícil escenario que tiene vigencia de aplicabilidad a la gestión presidencial de Juan Manuel Santos, aunque es válido citar algunos aspectos. Ha decepcionado a la estructura social del país nada menos que por engaño, pues lo que le prometió a los ciudadanos para obtener su apoyo electoral no lo cumplió: firmó en “piedra de mármol” no subir tarifas de impuestos e hizo lo contrario; engañó a los pensionados prometiéndoles que les iba a disminuir la tarifa del aporte a salud del 12% al 4%, y a pesar de que el Congreso de la República por iniciativa parlamentaria presentó y aprobó la ley que autorizaba esa disminución del aporte, simplemente Santos no la quiso firmar, es decir que su promesa fue solo un engaño calculado para usurparles el voto; el sistema de salud es demasiado precario; mal la economía; mal el empleo; mal la red nacional de vías terciarias; muy mal el agro; incremento desmedido de la corrupción; se desapareció en ‘mermelada’ la más grande bonanza de dinero que haya tenido Colombia en su historia: la bonanza petrolera; etc. De ahí el 12% de apoyo popular al presidente Santos en las encuestas, además de que le faltan al respeto con la acción de chiflarlo donde va y se expone al público.

Pero sin embargo, Santos sí ha hecho lo que no le comunicó a la sociedad colombiana antes de ser elegido presidente, como por ejemplo, que iba a compatibilizar de tal manera con Hugo Chávez que al tercer día de su posesión como presidente de Colombia lo identificó como su “nuevo mejor amigo”; no le dijo a los colombianos que su autoridad presidencial la iba a poner a disposición de las Farc, pues incluso ya estaba en pleno contacto con ellos en Cuba y todavía lo negaba, hasta que fue descubierto en su soterrado propósito, y los colombianos sabemos plenamente todo lo que ha ocurrido en este trance Santos-Farc: exageradas concesiones que implican ni más ni menos que la entrega política del país, de lo cual se derivará la entrega económica, y por consiguiente la entrega social, pues ya vendrá lo definitivo cuando el poder político cambie de rumbo en base a esas concesiones que son obra del presidente Santos.

Una vez puesto en evidencia sobre lo que hacía en la Habana con las Farc, Santos hizo la promesa de honor de presidente de la república en el sentido de que se haría lo que el pueblo aprobara en las urnas respecto a lo que él firmara con las Farc, y para tal efecto decidió aplicar la figura del plebiscito, figura con la cual luego cometió el peor error político e institucional que pueda cometer un jefe de Estado, que se tenga noticia, pues el pueblo rechazó en las urnas el acuerdo Santos-Farc, pero el presidente de la república no tuvo inconveniente en atentar contra la majestad y dignidad de la institución presidencial al incurrir en una acción muy grave que fue desconocer ese mandato del pueblo, y optó entonces por robarse el resultado del plebiscito y darle vigencia al acuerdo que había firmado con las Farc. En conclusión, se burló del mandato del pueblo, y en consecuencia, completó la faena de ganarse el rechazo de sus gobernados, acciones unas sobre otras con las cuales se ganó el mal precedente de que el pueblo no lo quiera como su presidente que es, y por lo cual bien se gana entonces el inri de ‘gobernante sin gobernados’.

Hay suficientes espejos que proyectan imágenes de la inconveniencia de lo que posiblemente está por venirle a Colombia (gracias al mal acuerdo que Santos llama paz), y sin embargo, todavía hay quienes no creen en que están dadas las condiciones propicias que pueden conducir a Colombia hacia otra Venezuela. Las Farc no han negado lo que pretenden políticamente, pues han hablado hasta de un “gobierno de transición”, e incluso han tenido sinceridad en decir que a ellos les gustaría en Colombia el modelo político chavista venezolano porque lo consideran muy bueno. El asunto es de indiferencia, pues a pesar de la evidencia de lo que ocurre en el vecino país, no se toma conciencia en prever tal situación, y cuando ya se llega a esa instancia resulta que devolverse en el tiempo es demasiado complicado.

20 jun. 2017

El poder sin perspectiva

Por Jaime Castro Ramírez

Las realidades que la vida ofrece se presentan en diferentes matices, que pueden ser de condición variable, en la medida del resultado final obtenido.

Al tratarse de las responsabilidades del ser humano aplicadas al comportamiento en el desarrollo de las actividades propias de su cotidianidad, éstas tienen que tener relación de causalidad y de obvio compromiso frente a la misión que se asume en los diferentes escenarios en que corresponda actuar.

Es evidente que la responsabilidad depende del sentimiento interior y la voluntad con que el individuo afronte el cumplimiento de sus deberes, es decir, haciendo valer la idea de tener interiormente su propio juez, quien le debe indicar la razonabilidad con que se tiene que dar respuesta a los compromisos que le corresponda atender en el transcurrir de su vida.

Lo que no siempre sucede es que lo ideal prevalezca ante las imperfecciones que producen los vicios del pensamiento, pues suele ocurrir que las debilidades de conciencia se manifiestan afectando el procedimiento de conducta adecuado que se debe seguir dentro del marco de referencia de las actuaciones humanas.

Cuando tales reglas de conducta se tornan inconsecuentes con los sanos propósitos de acción, se incurre entonces en los vacíos que distorsionan los horizontes de bien por donde debe transcurrir el sentido común de la vida de la sociedad.

Al construir un ejercicio de origen político y de poder, se puede mostrar la trayectoria equivocada por donde se mueven los impulsos nocivos que convierten un grande propósito que avala la voluntad ciudadana, en un impredecible escenario de dificultades.

Un hecho desafortunado que ocurre en el manejo de la política, tiene que ver con la impregnación de las instancias del poder con vicios de diferente índole, y esto se relaciona con una imperfección del pensamiento y de la inteligencia, que consiste en ambiciones desmedidas de egoísmo, debilidades personalistas que generalmente terminan en hechos de corrupción por apropiación.

Se trata de conductas que afectan en forma muy significativa la verdadera dirección del Estado, pero además, afecta, y de qué manera, la tranquilidad en que debe desarrollarse las relaciones sociales de la comunidad. En condiciones de esta naturaleza es muy difícil esperar que un gobierno cumpla con su misión de atender los compromisos que son deberes con la sociedad, pues los intereses superiores del pueblo pierden su capacidad natural de beneficio, y la obligación constitucional del Estado de atender las necesidades sociales, se desvía hacia intereses personales de quienes interpretan que el Estado es una parcela de sus propias ambiciones y que por lo tanto los recursos de las arcas públicas están a su disposición para apropiarse individualmente de lo que por mandato de ley corresponde al bienestar social de muchos.

Una sociedad, a la cual se le niegan sus derechos y se le somete a las vejaciones del abuso del poder, llega el momento en que ya no resiste más desprecios y opresiones y entonces explotan los sentimientos reprimidos, lo cual puede tener una trascendencia de consecuencias impredecibles; tanto como hasta llegar incluso a poner en riesgo la estabilidad institucional de la nación.

Ante unas consideraciones de tal magnitud y que pueden ser posibles en la realidad, o por lo menos casos muchos se han visto en el registro de la historia; la responsabilidad es propia de quien asume esta clase de compromisos con la patria y luego en acción premeditada desatiende lo que juró cumplir, pero también existe la responsabilidad directa de quienes comprometen su voluntad, eligiendo, sin estudiar a conciencia, a quién eligen.

Como se aprecia, la responsabilidad es entonces de doble vía, pero la pregunta es: ¿quién responde ante la historia y ante la patria por los desafueros cometidos en contra de la razón y de la ley? Y la respuesta señala evidentemente la responsabilidad política del gobernante, que a través de maniobras, desde su interior engañosas, pero seductoras hacia el pueblo, logra el favor de la confianza ciudadana que luego acudió a las urnas a elegirlo. Esto se convierte así en una actitud de mala fe para engañar la voluntad popular, lo cual constituye una afrenta pública de deshonra contra la dignidad colectiva, y lo que posteriormente termina en episodios no menos calificables como de traición a la patria.

Se puede afirmar que todas estas circunstancias obedecen a cuestión de cultura, es decir, tienen su origen en la reversión de los principios en que se fundamentan las sanas costumbres que sirven de cimiento a la decencia, a la cultura ciudadana y a la cultura política. Por este camino se llega entonces a la degradación de los valores, que luego conduce igualmente a la degradación política y al consiguiente grave perjuicio a la sociedad que el individuo representa en el poder.

En conclusión, la salud política que necesitan: la patria, la institucionalidad y la democracia, dependen del raciocinio ciudadano para discernir, con plenos, conocimiento de causa y grado de certeza, sobre la conveniencia o no de decidir apoyos políticos a personas que se presentan ante la opinión pública como salvadores de la condición social. Sin embargo, resulta que tras de ese verbo, generalmente de corte populista, suele fingirse un criterio político, pero que no es más que un engaño camuflado en expresiones que prometen presuntas y fastuosas reivindicaciones, que de hecho se sabe que son irrealizables.

Como lo no posible, no produce nada; pues es obvio que el personaje elegido como gobernante simplemente transita por el sendero de la indecisión y el consiguiente vacío de gestión en materia de gobierno, pero a cambio, sí utiliza el poder para ir sobre-seguro por el camino que conduce al beneficio personal.

La historia de los pueblos la tienen que defender sus propios actores que poseen la suprema condición de constituyentes primarios, pues esto incluso les otorga la facultad para elegir un organismo denominado “constituyente” y ordenarle la elaboración de la ley de leyes o ley fundamental de la nación (constitución política), en la cual se establecen todos los instrumentos legales para defender la patria y la solidez de la institucionalidad que conforma el Estado social de derecho.

Valga decir también, que en una democracia existe por principio la verdad absoluta de que sin la aprobación por parte de la voluntad del pueblo, no es posible llegar al poder, luego, “elige bien y vive bien”, pues esta es la única forma sensata y responsable de poder aspirar a disfrutar de los derechos ciudadanos y evitar la acción de los manipuladores de oficio que menoscaban las bondades de la ciencia política.

15 jun. 2017

¡Ya basta de uribismo!

Éste es el texto que lee el YouTuber robot de nuestro último video, para aquellos que se sienten mejor leyendo que escuchando (que no son la mayoría en Colombia):

YA BASTA DE URIBISMO

Hola, soy Jarri, el youtuber androide que les transmite las inquietudes del equipo de País Bizarro. Voy a hablarles de lo que ha estado pasando en Colombia estos últimos años.

Santos dio un golpe de Estado y le entregó el país al régimen cubano y a sus sicarios en Colombia, que son las tales FARC. Todavía hay gente que no se da cuenta, pero Colombia ya está en manos de los cubanos, exactamente igual que Venezuela. Y lo que la gente vote ya no importa.

¿Cómo es que ha pasado eso? Porque la mayoría creyó que con apoyar a Uribe ya estaba todo resuelto. Ya era sólo cuestión de que las Fuerzas Armadas mataran o encarcelaran al Secretariado de las FARC y se acababa el problema.

¿Hagan el esfuerzo de acordarse de cómo era Colombia hace diez años? Era increíble el optimismo, sobre todo porque muchos recordaban los gobiernos de Samper y Pastrana, que habían dejado muchísima pobreza y violencia.

Uribe le gustaba mucho a la mayoría de la gente, era el líder familiar que veían todos los días en la televisión, como pasaba en esos mismos años con Chávez en Venezuela y antes con Fujimori en Perú.

Pero después de las elecciones de 2010 el nuevo presidente elegido por los uribistas resultó amigo de Chávez y las FARC y el partido uribista resultó igualmente enemigo de Uribe. Líderes increíbles como Roy Barreras, Gina Parody o Armando Benedetti resultaron muy firmes críticos de Uribe. Por confiar en Uribe la gente votó por un montón de bandidos.

Y Santos empezó a imponer su régimen totalitario sin que hasta ahora haya tenido oposición. Antes de ser presidente, los comunistas lo acusaban de ser el responsable de los falsos positivos, pero en cuanto se hizo amigo de Chávez y las FARC se les olvidó el asunto.

Santos se gastó billones de pesos del dinero de los colombianos en su propaganda y así consiguió amedrentar a todos los críticos con la promesa de la paz: al que no estaba de acuerdo lo acusaban de estar a favor de “la guerra” y de ser “enemigo de la paz”. Nadie rechistó, Uribe y su nuevo partido evitaron mencionar el tema en las elecciones de 2011 y 2014 porque calculaban que la gente siempre iba a estar a favor de la paz y no de la guerra.

Hay que detenerse en esta idea porque los que desisten de aplicar la ley se ponen en el lado de los criminales. Eso es lo que pasa con la idea de paz y guerra. Un político decente debería decirle a la gente que no hay ninguna guerra sino un montón de crímenes. Lo que llaman guerra es el esfuerzo de aplicar la ley. Lo que llaman paz es la renuncia a aplicar la ley.

Y entonces quien no explica esa mentira de la propaganda porque cree que tiene menos medios para denunciarla que los mentirosos para divulgarla simplemente está ayudando a implantarla.

Todos los que admiten que el llamado conflicto es una guerra están en el bando de los asesinos, porque ¿a quién se le ocurre emprender una guerra? La mafia siciliana o las bandas latinas en Estados Unidos también podrían decir que hay una guerra y exigir premio por sus crímenes haciendo culpable de que sigan a los que no se sometan. Pero al señor Uribe lo rodean montones de lagartos y aduladores que buscan puestos y curules y no están para perder el tiempo defendiendo la verdad o la ley o la democracia. Por eso nunca respondieron a la propaganda mentirosa del gobierno y los terroristas. Sólo se ofrecieron para mejorar la paz.

Por eso la oposición que han hecho es como la del senador maoísta Jorge Enrique Robledo o a veces invocando pretextos absurdos, como la discusión sobre los tres ceros del peso. Con tal de no ser descritos como enemigos de la paz renunciaron a defender la libertad y los derechos de las víctimas del terrorismo. Ese cálculo miserable significó la renuncia a hacer oposición. Cuando un atracador consigue amedrentar al policía, el policía se convierte en un cómplice. Le pagan un sueldo para que aplique la ley, no para que ayude al atracador.

Como ya eran cómplices del golpe de Estado y del premio de los crímenes terroristas, los uribistas se pusieron a buscar el mejor acomodo en el nuevo orden. A sacar partido de la popularidad de Uribe. Empezaron a negociar una Constituyente con las FARC, pero como ya no eran defensores de la ley ni eran nada, esa nueva constitución quedó en nada. Es normal que los terroristas los desprecien.

Hay que pensar que como congresistas ganan sueldos fabulosos y tienen poder, y si le hicieran oposición al régimen los encarcelarían, como ya hicieron con Ramos y Arias y muchos otros. Pero mucha gente que no tiene ni prebendas ni riesgos los justifica: dicen que si aplauden la paz es por estrategia, porque si atacan la paz se les echan encima.

Eso recuerda el chiste del tonto que le pide a un adivino que le enseñe su arte. El adivino le pide que se desnude y el tonto le obedece hasta que llega a la última prenda. Entonces le pregunta si lo que busca no será agredirlo sexualmente, y el adivino lo felicita. “Ya está aprendiendo, ya está adivinando”. Eso les pasa a esos colombianos que siguen confiando en Uribe y su partido, no pueden quejarse de que el uribismo los traicionó, porque deberían haberse dado cuenta de lo que significa negociar la ley con los criminales, y nunca se opusieron, convencidos de que bastaba con confiar en su líder para que todo se resolviera. Algún misterio habría por el que se justificaba no oponerse a la negociación, tal como el aprendiz de adivino debería imaginar algún misterio de ese arte que requería que se desnudara.

Colombia va hacia la hambruna y un régimen de terror pero no hay oposición, y los ciudadanos no la echan de menos. La mayoría de la gente no entiende que las instituciones democráticas son necesarias porque se imagina que el mundo se creó perfecto y vinieron los políticos corruptos a complicarlo todo. Pero el nuevo régimen que implantó Santos acaba con esas instituciones. Los jueces estarán sometidos a una nueva autoridad controlada por los terroristas y las leyes que había hasta ahora importan menos que la nueva jurisdicción.

El golpe de Estado de Santos es la implantación de una dictadura como las que sufren Cuba y Venezuela. Eso es evidente desde 2010, pero nunca ha habido ninguna respuesta. Esa dictadura que hundirá a Colombia avanza gracias a la oposición decorativa que representa el viejo caudillo televisivo y los vividores que lo rodean.

El plebiscito convocado por Santos en el que la mayoría de los colombianos votaron NO demostró que el uribismo sencillamente está en el bando de Santos y las FARC. Fueron corriendo a salvar el acuerdo, y hasta presumen de hacerlo. Y al que se le ocurra cuestionarlo lo llaman de extrema derecha.

Veamos este artículo de Rafael Guarín, antiguo viceministro de Defensa y personaje muy próximo a Uribe.

Dice “El mamertazo de Uribe” como un sarcasmo. Guarín cuenta con que los lectores de esa revista de propaganda del narcoterrorismo piensan que lo contrario de un comunista o mamerto es Uribe. Es retórica barata para chantajear al lector, que ya no puede atreverse a pensar algo así.

Eso se llama falacia. Una falacia llamada argumentum ad logicam. Viene a significar que, dado que Uribe no es comunista, no se puede desaprobar lo que hace o dice porque se estaría diciendo que es comunista.

Leamos el primer párrafo.
Álvaro Uribe señaló que el Centro Democrático no iba a “revocar” el Acuerdo de La Habana, sino “ajustarlo”, “corregirlo”, “modificarlo” y enfrentar la amenaza castro-chavista. Inmediatamente cayó en desgracia frente a las facciones de extrema derecha que participaron a su manera en el NO del 2 de octubre.
¿De qué modo se pude llamar extrema derecha a quienes no están de acuerdo con Uribe, que promete no revocar el acuerdo de La Habana? Del modo en que se expresan los columnistas de Semana, como León Valencia, asesino y secuestrador premiado que trabaja legalmente para el ELN cobrando los crímenes de esa banda, o como Antonio Caballero, que lleva promoviendo y legitimando a las guerrillas comunistas desde los años setenta, cuando era una figura de la revista Alternativa, o como María Jimena Duzán, que también lleva décadas haciendo propaganda a los asesinos y a sus socios cubanos y venezolanos, o como Daniel Coronell, un sicario moral ligado a la mafia que cada semana publica calumnias y falacias que sirven a los intereses de los Santos y las guerrillas.

Guarín es un amanuense de Uribe, a tal punto que, como él mismo cuenta, lo llevó a las reuniones en que fueron a representar el NO. Muchos, movidos por un instinto servil, se indignan de que se critique a Uribe, y por eso no se dan cuenta de que cuando Uribe promete no deshacer el engendro de La Habana se pone en el lado del gobierno.

Pero la gente prefiere someterse a las FARC a que le digan que es de extrema derecha. ¿Qué es la extrema derecha? Antes eran los fascistas y nazis que se oponían a las elecciones libres, o los partidarios de los golpes de Estado. Para Uribe y Guarín son los que defienden las elecciones libres y se oponen al golpe de Estado de Santos. Decir que quienes no se hacen socios de los terroristas y apoyan su engendro son de extrema derecha es un insulto con el que se pretenden tapar los hechos. Una persona de izquierda podría tener los mismos motivos para oponerse, pero Uribe y el Centro Democrático no tienen ideología ni valores sino sólo intereses mezquinos. Por eso corrompen el lenguaje hasta que la defensa de la libertad y la democracia sean de extrema derecha.

La base del acuerdo final de La Habana es la legitimación del narcoterrorismo, que resulta equivalente a las instituciones. No se puede modificar ni mejorar porque es el fruto de un golpe de Estado y supone la abolición de la democracia. Proponer mejorarlo es como aconsejarle a un violador la forma más apropiada de llevar a cabo su crimen. Y no revocar un acuerdo que el pueblo rechazó en un plebiscito es desobedecer al soberano: ayudar a acabar con la democracia. Sencillamente, reconocer el acuerdo de La Habana es ponerse del lado de Santos y las FARC.

Las instituciones colombianas ya no cuentan, están sometidas a La Habana. Por encima del Congreso y del poder judicial estará la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación, formada por diez personas, tres del gobierno, tres de las FARC, y una de Venezuela, otra de Cuba, otra de Noruega y otra de Chile. Eso fue lo que se acordó. ¿Qué se va a modificar ahí?

Uribe está en el bando del gobierno y las FARC, y este secretario suyo ya usa la misma retórica de los terroristas. Veamos el siguiente párrafo.
Al final del comunicado, que desató la furia de trastornados extremistas, el senador Uribe afirma que la razón debe primar sobre la pasión. Lo dice, intuyo, porque sabe que dentro del NO hay facciones peligrosamente antidemocráticas que con discursos de consigna, cual estalinistas, pretenden que cualquier diálogo con el Gobierno sobre la paz es una vil traición.
Es la forma de discutir de las FARC. El que cree que la voluntad del pueblo se debe respetar o que los terroristas no deben ser los amos del país es un trastornado extremista apasionado que no atiende a razones.

Pero mucho ojo al resto. ¿Quién es antidemocrático? El que cree que los votos de la gente deben significar algo. Los demócratas como Uribe y Guarín son los que quieren que las FARC gobiernen. ¿O qué significa no revocar el acuerdo final de La Habana?

Eso se llama corrupción del lenguaje. Se cambia el sentido a las palabras para que signifiquen lo contrario. Esa clase de adjetivos parecen propios de Petro o de Iván Cepeda, pero ahí tienen al amanuense de Uribe usándolos para descalificar al que no quiere someterse a los terroristas.

Esas manipulaciones son típicas de los regímenes totalitarios, pero Guarín dice que quien no se somete sigue consignas como los estalinistas. La característica de esta gente es la desfachatez.
Se trata de recalcitrantes que hacen mucho bochinche en redes sociales pero que no representan nada significativo ni en la opinión nacional ni en el Centro Democrático, a juzgar por las encuestas. Si es cierto que Uribe entregó el NO y fue blandito en su defensa, ¿por qué la encuesta de Ecoanalítica registra que el Centro Democrático tiene casi el 27 % de preferencia para la elección presidencial, mientras el Partido Conservador solo el 2,7 %, menos que la UP? Hasta la revista SEMANA reconoció que “Álvaro Uribe sigue siendo uno de los líderes con mayor capacidad de movilización política”. ¿Si fueran ciertos los desafueros que salen de la extrema, los ciudadanos no castigarían a ese partido?
Es muy importante que se entienda lo que significa el uribismo. Los medios tratan de presentar a Uribe como el enemigo de la paz, mientras que él acepta el acuerdo con que se premian los crímenes terroristas. ¿Cómo es que la gente sigue apoyándolo? Porque la propaganda del régimen lo convierte en lo contrario de Santos, cuando realmente es lo mismo. Y porque sus representantes gritan contra el gobierno y contra las FARC y publican esas cosas en las redes sociales, con lo que cometen un engaño al pueblo. Están con las FARC pero hacen creer a la gente otra cosa. Y no hay ningún otro partido, no hay ningún político importante que se oponga a los acuerdos de La Habana porque ninguno quiere estar contra Uribe.

La mayoría de los colombianos sí están contra esos acuerdos. Más cuanto más los conozcan. Si apoyan a Uribe es porque los engañan. Cuando entiendan que Uribe y el Centro Democrático son simplemente socios de Santos y las FARC dejarán de apoyarlos.

Guarín es un verdadero sicario moral. Un ejemplo del talante moral del uribismo.
¿Qué querían estas ilustres damas y rancios caballeros? ¿Que el Centro Democrático se negara a la búsqueda de buena fe y con responsabilidad patriótica de un nuevo Acuerdo que recogiera las críticas hechas desde el NO y que recibieron el apoyo mayoritario en el plebiscito? Como miembro de la Comisión de Voceros del NO puedo testimoniar que todos, sin excepción, incluidos Martha Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez, aprobaron buscar ese nuevo Acuerdo, inclusive, todos reconocieron que había cuestiones del Acuerdo derrotado en las urnas que podían ser aceptadas, otras mejoradas y otras simplemente imposibles de avalar. ¡Que aquí nadie venga a dárselas de puritano!
Como buenos socios del terrorismo, los uribistas mienten sin pudor. Un lector incauto podría pensar que se votaba a favor o en contra de las críticas al acuerdo y que los que querían mejorarlo ganaron. Eso es falso. Es el mismo fraude que cometió Uribe cuando fue a ver qué obtenía traicionando a los que votaron contra el nuevo narcorrégimen. A la gente le preguntaron si aceptaba el acuerdo y a pesar de la propaganda y la intimidación hubo una mayoría que votó no. Guarín dice que ganaron los que decían sí y querían mejorar el acuerdo. Alrededor de Uribe hay muchos personajes de ese estilo, cínicos y deshonestos, idénticos a los que lo acompañaron en su gobierno, como Silva Luján o su compadre Roy Barreras.
El uribismo nunca ha sido de extrema derecha, al punto de que Uribe siempre ha rechazado que se le identifique siquiera con la derecha. El talante de autoridad, la firmeza en el liderazgo, la fortaleza frente a los problemas, la obsesión por la defensa del imperio de la ley y el reclamo de una sociedad ordenada se suelen utilizar, aprovechando la ignorancia, para confundir con la derecha atributos que son los mínimos de cualquier demócrata.
Primero este uribista siembra la idea de que defender las instituciones legítimas y la soberanía del pueblo es de extrema derecha y después sale a decir que el uribismo no es de extrema derecha. Sencillamente, por los motivos que sean, Uribe defiende un acuerdo que es la implantación de la tiranía y el fin de la democracia colombiana. Ya puede ser de izquierda o de derecha o de centro, lo que hacen es ponerse en el lado del gobierno y los terroristas.
A los extremistas les fastidia el origen liberal de Uribe, les mortifica, lo ven sospechoso, casi camuflaje comunista. Están convencidos de que los puros son ellos, mientras Uribe es un aparecido que usurpa un lugar en el pueblo colombiano que les pertenece a ellos. En eso, piensan de la misma forma que Santos. ¿Habrá quien entienda cuál es la forma de pensar de Santos que comparten los que defienden la soberanía del pueblo? Cuando Uribe era el presidente que tenía éxito rescatando al país nadie decía nada de que proviniera del partido liberal.
El único sentido de este párrafo es tratar de extremista a quien no está contento con el acuerdo de La Habana.
Los extremistas están convencidos de que es mejor devolver al terrorismo 7.000 miembros de las FARC que están hoy en zonas veredales de normalización, que buscar su reincorporación a la vida civil. ¡Bastante racionales! Mientras a otros nos parece que se debe garantizar que entreguen las armas, se reintegren a la sociedad, no vuelvan a delinquir, se garantice la no repetición y que la exigencia de justicia y no impunidad se debe mantener con firmeza frente a la cúpula fariana, al igual que la prohibición de participar en política hasta que cumplan penas de reclusión proporcionales a la gravedad de los crímenes perpetrados.
Los uribistas que no son aduladores interesados son ingenuos sentimentales con muy poca comprensión de lectura. Cuando oyen que Uribe y el Centro Democrático están en el bando del gobierno y las FARC se indignan, pero ¿qué entienden al leer ese párrafo? Es lo mismo que decir que Timochenko está mejor en el Congreso que echando bala. ¿Para qué hace falta la ley? En lugar de capturar y castigar a los asesinos, se los premia y así nadie corre más riesgos.

Es algo que hay que entender, porque la gente que no está acostumbrada a leer se deja embaucar por esos argumentos. Lo que el uribista Guarín está haciendo es amenazar a quien no apoye los acuerdos. Si no se someten, los terroristas volverán a matar y será culpa de los extremistas de derecha trastornados y estalinistas.

Es la misma amenaza de los terroristas. Ustedes escogen la paz o la guerra, o son nuestros esclavos o matamos a sus hijos. Ahora Uribe y sus amanuenses contribuyen a la tarea.

Pero además de amenazar, miente. ¿Quién garantiza que los que hay en las zonas conquistadas por los terroristas sean los terroristas de las FARC? Sin duda habrá miles que estarán conquistando otros territorios, como ocurrió cuando Betancur empezó a negociar la paz. ¿Hay alguna lista de miembros de las FARC que alguien controle? Lo más probable es que la mayoría de los miembros de las FARC que sean viejos e instruidos estén haciendo política con mucho dinero en otras regiones, mientras que los jóvenes y rústicos se integran en el ELN. Eso ocurrió con el M-19. Angelino Garzón, pasó de la Unión Patriótica al nuevo partido de Navarro y alias Pablo Catatumbo se pasó a las FARC.

Uribe y sus secuaces reproducen las mentiras de la propaganda del gobierno y los terroristas. Quieren que la gente crea que el proceso de paz es el fin del terrorismo y ha logrado que los asesinos dejen de matar. ¿No fue lo que ocurrió hace 30 años? Después mataron mucho más.
Ese trastornado extremismo considera que la prioridad de Colombia es revocar el Acuerdo de La Habana, sea como sea. Comparto la indignación frente a la imposición brutal del pacto Santos/Timochenko, ese no es el problema. La cuestión es de métodos. Mientras algunos, empezando por Uribe, consideran que lo sensato es ratificar el NO en las elecciones, dando paso a corregir el acuerdo e impedir que se utilice con el fin de instalar el peligroso populismo de izquierda que encarna el proyecto farchavista, otros pretenden desconocer todo, comenzando por la Constitución y las sentencias de la Corte Constitucional.
Guarín comparte la indignación pero sigue a Uribe, que ratifica el NO en las elecciones convirtiéndolo en un SÍ. Es fascinante la desfachatez. Muy curiosa.

-Señorita, ¿se quiere usted casar con mi hijo?

-No.

-Bueno, entonces ratificamos ese NO fijando la fecha de la boda.

Pero ¿qué es lo que hay que corregir del acuerdo? El pueblo lo rechazó. Uribe lo intenta salvar. Lo que le corrija, en el mejor de los casos, es lo que convenga a la salvación de su cuota de poder. Y ni siquiera. ¿Acaso lo que aprobó el Congreso no fue el acuerdo corregido? Es que están en el bando de los sensatos. O sea, de los secuestradores y asesinos y de quienes los premian.
Los extremistas de derecha repiten el mismo discurso con el cual los extremistas de izquierda justificaron décadas de terrorismo, crímenes de lesa humanidad y una colección infinita de atrocidades. Repudian todas las instituciones y pretenden salidas por vías de hecho, es decir, al margen del ordenamiento jurídico. La verdad es que el funcionamiento actual de las ramas del poder público es repudiable, pero la acción política se hace dentro de la Constitución o al margen de ella. La paradoja es que mientras las FARC consiguieron del gobierno de Santos cambiar el orden jurídico y entrar a jugar dentro de él, sean ahora los extremistas de derecha los que pretendan levantar la bandera de la subversión.
Hay que volver a leer porque es un poco injusto decir que el uribismo está hoy en el bando del gobierno de Santos y las FARC. Hasta el gobierno de Santos y las FARC tendrían vergüenza de decir eso. Veamos la primera frase.
Los extremistas de derecha repiten el mismo discurso con el cual los extremistas de izquierda justificaron décadas de terrorismo, crímenes de lesa humanidad y una colección infinita de atrocidades.
De modo que quienes crean que el voto de la mayoría en el plebiscito debe respetarse repiten el mismo discurso con el que se justificaron décadas de crímenes de lesa humanidad. Eso es lo que hace Uribe, exactamente, porque todos los crímenes terroristas tenían por objeto llegar a la paz que él promete no revocar. Pero como otro frente del crimen organizado, el uribismo calumnia a quien no está con su paz. Ahora resulta que es lo mismo oponerse a los asesinos que promoverlos. Lo dice quien aplaude que se los premie.

Las FARC no llegan a tanta desfachatez.

Pero la segunda frase es aún más cínica. Aún más propia de la retórica terrorista.
Repudian todas las instituciones y pretenden salidas por vías de hecho, es decir, al margen del ordenamiento jurídico.
¿De modo que quien cree que el pueblo votó NO en un plebiscito y que por tanto lo que se sometía a votación pierde validez está hablando de vías de hecho y obrando al margen del ordenamiento jurídico? ¿No serán el gobierno y las FARC y los hampones que fueron a representar el NO autonombrándose como los representantes de la mayoría quienes aplican las vías de hecho?

Dicen que los colombianos son por naturaleza serviles, que tienen un gen perruno que heredaron de siglos de esclavitud. Eso se nota sobre todo en los uribistas. Por ejemplo, leen la última frase de este párrafo y no se indignan. No encuentran a quién batirle la cola.

Les indigna que se critique a su amo, pero tranquilamente se tragan esto.
La paradoja es que mientras las FARC consiguieron del gobierno de Santos cambiar el orden jurídico y entrar a jugar dentro de él, sean ahora los extremistas de derecha los que pretendan levantar la bandera de la subversión.
Es decir, el gobierno de Santos fue elegido porque prometía combatir el terrorismo, pero en lugar de eso se dedicó a premiarlo y a cambiar las leyes para favorecer a los terroristas. De modo que las nuevas leyes son las que valen y los que las cuestionan levantan la bandera de la subversión. Es la retórica de las FARC. O quizá no. Algo peor. El grado moral de unos criminales. Eso es el uribismo hoy.

Cualquier tirano impone las leyes que quiera en cuanto tiene el poder, de modo que la ley no tendría más sentido que expresar la voluntad de quien manda. Guarín es licenciado en Derecho, y si llega a una concepción semejante es porque definitivamente redescubrió sus comienzos con Piedad Córdoba. Aunque eso habría avergonzado a Piedad Córdoba.

Por ejemplo, cuando los nazis impusieron las leyes de Núremberg, con sus medidas de higiene racial, los que acosaban a los judíos estaban dentro del ordenamiento jurídico. Los que los defendían estaban en el bando de la subversión. Algo tan cínico y asqueroso es difícil de encontrar en cualquier propaganda. Nadie de las FARC diría algo así.

Y es que Guarín pretende intimidar a quien quiera defender la ley y la democracia acusándolo de ser como los legitimadores de los crímenes terroristas y de obrar de forma subversiva. Y lo que demuestra es que el uribismo hoy no es más que otro frente del crimen organizado.
Nos guste o no, la Constitución es lo que dice la Corte Constitucional que es. ¡Punto! Lección de primer año de derecho. A quienes estamos inconformes con el asalto a las instituciones con la excusa de la paz, nos queda ganar la elecciones, elegir un nuevo presidente, conquistar las mayorías del Congreso y propugnar porque la Corte Constitucional cumpla con el control riguroso que tiene que llevar a cabo en tanto es la guardiana de la Constitución, no del Acuerdo de La Habana. Nuestros instrumentos están en la Constitución, en el derecho a la protesta, en la libertad de expresión, en la carta de derechos de 1991, en las calles.
En este párrafo se esconde una mentira espantosa: Guarín cuenta con que el lector no sabe que el acuerdo final reemplaza a la constitución. Pero, ¿nadie sabe que la Constitución de 1991 fue implantada por el movimiento estudiantil comunista, las mafias de la cocaína aliadas del régimen cubano y las bandas terroristas creadas por el mismo régimen? Uribe tuvo las mayorías y no quiso cambiar la Constitución por una legítima y verdaderamente democrática. La Corte Constitucional surgida del engendro del 91 estaba dominada por personas ligadas al narcoterrorismo, como Carlos Gaviria o Alfredo Beltrán. Su interpretación del texto constitucional siempre sirve a los intereses del régimen cubano, y ciertamente transgrediendo el propio texto. Como cuando reemplazaban al Congreso legislando.

De modo que la Constitución es lo que dice la Corte Constitucional que es. No importa lo que diga el texto. Ésta es la lección de primer año de derecho en Colombia. ¿Para qué hace falta un texto? Basta que la Corte Constitucional diga lo que se debe hacer. Pero tampoco hace falta ninguna ley, porque siempre hay que someterse a las que el poder imponga. Nadie en la verdadera extrema derecha habría sostenido algo tan bárbaro. Sólo en el país de los cínicos serviles pueden publicarse cosas así.

La Corte Constitucional colombiana es desde su creación una banda criminal que desde luego no sigue la letra de la carta sino que la interpreta para que sirva a la industria de la cocaína y a las bandas terroristas.
Atacar a Uribe porque antepone la razón a la pasión, el bien común al odio que mueve a los sectarios, es simple insensatez. Que lo hagan desocupados y libelistas de oficio, vaya y venga, pero que puedan participar en tamaño despropósito individuos que han ocupado altas responsabilidades públicas, resulta peligroso.
Feriar la voluntad popular y aliarse con los terroristas se convierte en la jerga de este cínico en anteponer la razón a la pasión y el bien común al odio. En ningún otro país las discusiones tendrían ese nivel. Como quien dijera “Yo soy el bueno y el razonable y quien me contradiga es un malvado y un idiota”. Es el nivel de un patio de prisión, y el único sentido de esa lógica es la intimidación. Es lo que hace Guarín: transmitir la intimidación del narcoterrorismo en que se basa el acuerdo de paz. O se premia a los que mandan niños bomba o siguen matando. La pura renuncia a la ley, o sea, a la subversión, porque ahora la ley es lo que deciden los asesinos.
Los extremistas son iguales. Nada más parecido a un fariano que un extremista de derecha, aunque, hay que reconocerlo, hay algunos que hacen ver hasta moderado y flojo al camarada Santrich. ¡Increíble! Uribe graduado de mamerto por la extrema, mientras la izquierda lo califica de extrema derecha.
Este prócer no se ahorra ninguna fantasía: el que no quiere premiar a los asesinos es peor que Santrich. ¿Lo dice o no lo dice? El que cree que los criminales no deben lavar las fortunas obtenidas secuestrando niños es peor que el que secuestra niños. ¿Lo dice o no? Esa idea de que cualquier insumisión frente al dominio de los terroristas es peor que el terrorismo es la típica retórica de las FARC, aunque aplicada de ese modo les daría vergüenza a los propios terroristas.
Frente a los extremistas procede el aislamiento. Un extremista no entiende argumentos, la racionalidad no tiene espacio, sólo el exceso y el dogma que creen le ha sido revelado. A esos individuos hay que dejarlos al margen, que ladren y se muerdan entre sí, pero lejos. Los colombianos repudiamos a los extremos. Nadie quiere votar por un Timochenko o un Márquez de izquierda, tampoco por uno de extrema derecha.
El que no es aliado de las FARC y no quiere que se las premie y pide que se respete la voluntad popular no entiende de razones. La racionalidad es lo que dice Guarín. La opinión contraria es el dogma revelado. Es un nivel de argumentación que produce un cierto alivio: afortunadamente quienes van a mandar son las FARC y no estos malhechores, más toscos y siniestros. Más descarados y ominosos.

Pero es mucho mejor el sentido pleno del párrafo: a un lado están los sensatos que no quieren revocar el acuerdo final, al otro los extremistas de derecha que quieren desconocerlo. ¿Dónde está el uribismo? En el bando de la mayoría, naturalmente, con Santos y Samper y el Partido Liberal del que procede Uribe. Ah, casualmente es el bando de las FARC, que obviamente están por el acuerdo.

A los extremistas que no quieren la paz propone aislarlos, pero después los encarcelarán y los matarán. Ellos aplaudirán.

Los que viven despotricando de Santos y las FARC pero halagan a Uribe no son mejores que Guarín. ¿No habrá leído Uribe esta perla de su amanuense? ¿Cómo es que no dice nada sobre ella? Lo más seguro es que la encargó, y en todo caso que representa su opinión y la de su partido. ¿O alguno de los congresistas del Centro Democrático o de los columnistas que le hacen propaganda han dicho algo de semejante obra? Como mucho hacen creer otra cosa para que la gente ingenua siga creyendo en un grupo que sólo es otro frente del crimen organizado. Que descalifica como el más sectario terrorista y amenaza con los mismos argumentos del atraco de la llamada paz.

Los colombianos que no están de parte de los terroristas llevan 17 años unidos alrededor de Uribe. Esa unidad ha servido para que Colombia sea la nueva colonia cubana y vaya camino de la hambruna, como Venezuela. Ya es hora de que todo el que sigue a Uribe entienda que está en el bando del régimen.

31 may. 2017

Los uribistas rectos

Por @ruiz_senior


La confusión de la política colombiana es una constante y tiene mucho que ver con la tosquedad del medio, en el que no predominan los valores o los propósitos claros sino la mezcla tóxica de sentimentalismos, hipocresía y cálculos de corto plazo. El ejemplo más fuerte es el Centro Democrático y quienes más lo ejemplifican son los miembros de ese partido que pretenden estar en contra de los acuerdos de La Habana, obstinados en creer que ese partido representa de algún modo el rechazo a dichos acuerdos. La tendencia a engañarse es algo muy humano, pero hay un límite en el que ya se cae en el ridículo.

Al respecto voy a comentar algunos párrafos de la "Respuesta a Carlos Salas" que publicó recientemente Eduardo Mackenzie.
[...] Es verdad que el CD es un partido joven, en construcción, ideológicamente heterogéneo y sin experiencia organizativa. Salas debería aceptar algo que es obvio en los partidos democráticos: que el derecho de expresión y el derecho a la crítica de la dirección hacen parte de la vida de esos partidos. Sobre todo, si estos son partidos que comienzan su andadura.
¿Qué clase de partidos son "ideológicamente heterogéneos"? Los partidos colombianos, por ejemplo, Álvaro Uribe Vélez era del mismo partido que Piedad Córdoba y al parecer a nadie le parecía algo problemático. Es porque en Colombia no se tiene en cuenta el diccionario, de modo que un partido no es un "conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa" sino una asociación para acceder a cargos públicos "rodeando" a determinados líderes que los podrían proveer. Obvio que la discusión debe estar abierta, pero ¿cuál es la "opinión o causa" que comparten los del CD? ¿Tal vez las vagas proclamas de los textos programáticos, que en Colombia todo el mundo entenderá como le dé la gana? Lo único que une al CD es la adhesión a Uribe y en últimas a su aspiración a volver a la presidencia, cosa que se evidencia en la búsqueda de una Constituyente acordada con las FARC.

Desde su fundación, el CD ha sido un partido que defiende la negociación de La Habana. Una crítica que pretenda que sea otra cosa hace pensar en un cambio del NSDAP para que se dedicara a promover la causa judía o del antiguo PCUS para que adoptara las ideas de Hayek. La comparación parece excesiva porque efectivamente la mayoría de los votantes uribistas son hostiles a las FARC, pero la actuación de ese partido es inequívoca. No ya como CD sino mucho antes, cuando todavía decían que "la U es de Uribe". La "crítica" a la dirección y la discusión sobre el rumbo del partido son en realidad reconocimiento de una trayectoria que va más allá de lo que podría tolerar cualquiera que se tomara en serio la democracia. Como un amigo de un tipo que ha cometido diversos crímenes graves que lo invitara a discutir para corregir su trayectoria.

Es decir, lo que Mackenzie y los demás críticos hacen no es en realidad desaprobar una orientación que consideran incorrecta, sino fingir que no se habían dado cuenta de que esa orientación preside la actuación del uribismo desde 2010. ¿No les llamó la atención que en las elecciones de 2014 no se aludiera a "la paz"? Saúl Hernández pedía que se excluyera ese tema de la discusión electoral. No importa, la heterogeneidad del partido permite que se esté con una cosa y con la contraria, que se acompañe el proceso de paz y a la vez se lo critique, en aras de una "mejora" o "modificación" que cada cual puede entender como quiera. Cuando Uribe decía que "no sería obstáculo para la paz" los uribistas, gente desvergonzada como buenos colombianos, entendían la "ausencia de violencia" y no la negociación de La Habana.

Esa disposición de estos críticos es casi cómica: ¿cómo se puede estar en un ejército a favor del enemigo? Suponiendo que no se sabía qué hacía ese ejército. El CD y antes el uribismo del PSUN son en realidad el amortiguador del golpe de Estado de Santos. Después de impedir que en cinco procesos electorales (las regionales de 2011 y 2015, las legislativas de 2014 y las dos vueltas de las presidenciales) se discutiera la pertinencia de la negociación con las FARC, trataron de evitar el plebiscito (en aras de una Constituyente acordada con las FARC) y cuando no pudieron trataron de buscar la abstención. Ante la presión popular tuvieron que pedir el voto por el NO, pero lo hicieron disculpándose. El triunfo del NO les sirvió para buscar algún provecho propio, de ningún modo para defender la voluntad popular. En la gran marcha de Colombia hacia la tiranía que encabeza Santos, el CD va como de mala gana, y dentro del CD van estos descontentos que se preguntan en qué momento se unieron a los destructores de la democracia. Hace mucho tiempo que ocurre, lo único que tiene interés es entender sus motivaciones.

O tal vez haya otra cosa que vale la pena tener en cuenta: aquello en lo que Mackenzie está de acuerdo con Salas, la confianza en el futuro del CD. Salas cree que ganará las elecciones de 2018, Mackenzie proclama que es un partido que comienza su andadura. No queda mucho para ver que el candidato uribista no pasará a la segunda vuelta en 2018 y que el partido desaparecerá porque NO ES NADA, no representa más que la nostalgia de los buenos tiempos y la lealtad de grupos de "lagartos" al hombre del que creen que el pueblo está enamorado. ¿Qué es lo que propone el CD que sea diferente a otros partidos? Mackenzie y compañía no vieron que en 2014 no se discutía "la paz", tampoco que la propuesta central de Zuluaga (ampliar los cupos universitarios) era más atroz que la lamentable "economía naranja" que promueve su "bestia negra" (que cuenta con todo el apoyo manifiesto de Uribe).

En realidad lo que está pendiente de una evaluación objetiva es aquello que cimenta el uribismo: la obra de gobierno de Uribe. "De aquellos polvos estos lodos". Tanto lloriqueo por lo que haga o diga Duque deja pensando si realmente este émulo de Porky es peor que los ministros de Uribe, como el de defensa que reemplazó a Santos, Gabriel Silva Luján, o que sus partidarios en el Congreso, como Roy Barreras. Al final puede que el CD no sea tan heterogéneo e inconsecuente como creen muchos. Pero de momento sigamos con el escrito de Mackenzie.
[...] Por ejemplo: ¿no vale la pena discutir a fondo si el acuerdo Farc–Santos debe ser o no revocado por un gobierno del CD?
No, no vale la pena discutir si un gobierno del CD debe revocar el acuerdo de La Habana porque el CD es el partido de los seguidores de Uribe y Uribe ya prometió no revocarlo, y también respecto del voto mayoritario en el plebiscito no sólo fue a "interpretarlo" como un voto por él y como en realidad anhelo de "modificaciones" del acuerdo, sino que se jactaba de ello, ¡en aras de la palabra empeñada! El despropósito de "enmendarle la plana" al líder del partido suena a ingenuidad inverosímil. ¿Qué va a hacer Uribe ahora? ¿Va a decir que se equivocó y que en realidad no tenía derecho a vender el voto del NO? ¿Qué van a hacer todos los dirigentes del CD que han apoyado esa traición? ¿Por qué no plantear la misma discusión en el seno del PSUN o del Partido Liberal o del Partido Conservador o del Polo Democrático, partido este último que debería inquietarse por la abolición de la democracia, según su nombre?

No vale la pena convencer a las prostitutas de trabajar como empleadas domésticas ni a los mafiosos de volverse hombres honrados, mucho menos va a resultar sacar a estos politiqueros de su afán de asimilarse al nuevo orden. Simplemente, hay que decirle a la gente la verdad, que la mayoría de la población que no quiere someterse a las FARC no tiene hoy por hoy representación política. La aparente insignificancia de quien haga eso deja ver otra cosa, que Mackenzie y los suyos prefieren ocultar la verdadera actuación del CD para seguir de algún modo en relación con un partido que tiene recursos y votantes. Eso es simplemente complicidad. Para formarse una idea, baste ver este tuit de Rafael Nieto Loaiza: 
Con lo que el NO no era el rechazo al acuerdo, que dejaría de tener valor, sino el clamor por "cambios profundos" que salven a Nieto de desautorizar o contradecir a Uribe. ¿Cómo podría alguien que está contra Uribe ser candidato del CD? Los "cambios profundos" se pueden entender de cualquier manera, y en definitiva no serían nada, o serían tan profundos como elevada la probabilidad de que un candidato uribista, incluido Nieto, pase a segunda vuelta.
Otro punto no menos interesante. Salas trata de vender una idea rarísima sobre la lucha ideológica. Sin precisar el concepto y sin dar un solo ejemplo o referencia, él pretende que “las cuestiones ideológicas han sembrado cizaña”. Afirma enseguida que “Por encima de [las] cuestiones ideológicas está el porvenir de Colombia”. El planteo correcto debería ser lo contrario: el porvenir de Colombia depende del debate ideológico. El “proceso de paz” descansaba sobre el supuesto de que la paz era lo fundamental y que ir hacia un país socialista o capitalista era indiferente. Salas repite esa tesis errada con un argumento estrafalario: ahora “no es cuestión de izquierda ni de derecha”, “ni siquiera de capitalismo contra comunismo”.
Esa retórica de Salas delata al CD y la clase de gente que acompaña a Uribe, tan parecidos a Santos que no es raro que casi todos los congresistas elegidos gracias a Uribe se volvieran santistas en 2010. La contraposición entre las "cuestiones ideológicas" y "el porvenir de Colombia" es la retórica de los lambones que nunca están para pensar en nada que no sean intrigas y adulaciones. Pero la contraposición entre izquierda y derecha es el mundo en el que Mackenzie y los demás "críticos" se sienten cómodos. Es una contraposición falaz. Parte del supuesto de que la izquierda se define por los desalmados que cobran el sueldo de decenas de personas por despotricar de la desigualdad y en últimas derivan sus ingresos del crimen organizado. Esa complacencia en esa "lucha ideológica" es sencillamente una forma burda de mentir. Sin ir más lejos, baste la primera frase de la entrada "derecha política" en la Wikipedia:
Se conoce como derecha al segmento del espectro político que acepta las diferencias sociales como algo inevitable, natural o normal frente a la izquierda, que persigue la igualdad de la sociedad.
Las cosas que definen a Colombia como un país esclavista son las que defiende la llamada "izquierda". Pero (como ya he explicado muchas veces), su sentido es el de la más cruel derecha. Por ejemplo, la llamada "acción de tutela", que anula los códigos y los contratos en favor del arbitrio del funcionario, simplemente encubre la encomienda y la situación ventajosa de la casta de la que salen los jueces. Esa casta se agrupa alrededor de las universidades y secunda la propaganda de la "izquierda", pero en realidad la "acción de tutela" simplemente resguarda la desigualdad extrema del país. Por eso la "derecha" está cómoda con esa atrocidad. Están por la desigualdad, conservando hasta donde se pueda la vida de la sociedad colonial, pero pueden culpar del desorden a la "izquierda". Lo mismo pasa con la parafiscalidad, otra endemia cómica colombiana. Suena cómica pero no lo es, es otra norma derechista por la que se despoja a la gente que trabaja en favor de la casta dueña del Estado. A la derecha nunca le ha molestado esa otra atrocidad, la derecha en todo el mundo y en todas las épocas es el bando de la gente rica. El que se despoje a los pobres no incomoda en absoluto a los derechistas, por eso durante el gobierno de Uribe nunca se hizo nada para eliminar la parafiscalidad, al contrario, Uribe criticó que se la intentara limitar durante el gobierno de Santos. Lo mismo se puede decir de las tradiciones jerárquicas: las sociedades son jerárquicas o son competitivas, dado que la derecha sólo puede ser la tradición, una sociedad competitiva es una amenaza para el rango seguro de los criollos y ninguna derecha en Colombia se ha planteado cambiar eso. Obviamente tampoco lo va a hacer la izquierda, porque esa izquierda sólo es la derecha práctica.

La crítica no es un derecho que se ejerce en el interior de los partidos sino un deber de la razón. ¿Alguien ha hecho alguna vez una evaluación crítica del gobierno de Uribe? No recuerdo haber oído nunca nada parecido. Era el rumbo al paraíso porque se arrinconaba a las FARC, y por eso a nadie le inquietó en absoluto que la educación siguiera en manos de Fecode, que las universidades siguieran en su vieja tarea de adoctrinar terroristas con los recursos de todos y rentas fabulosas para los "profesores", que los medios siguieran en manos del clan dueño del país (siendo que en última instancia la principal fuente de ingresos de esos medios es el Estado, por no hablar de los anunciantes privados que reciben de algún modo favores gubernamentales), que no se pensara en cuestionar ni remotamente el engendro del 91, con sus cortes explícitamente afines a los intereses del terrorismo. Todo era maravilloso porque la guerra contra el terrorismo de Bush generaba un entorno internacional amable y los altos precios de las materias primas daban lugar a un crecimiento sostenido. De hecho, ¿Mackenzie o alguno de los derechistas del CD se han planteado reprochar a sus dirigentes que se terminara eligiendo a Santos? Todos ellos estaban felices con la reelección perpetua de Uribe, que fue el único cambio constitucional que se le ocurrió.

Ningún gobierno le ha dado tanto dinero a los comunistas de las universidades como el de Uribe, mientras que la amistad con los medios del clan López-Santos-Samper correspondía al sueño de incluir un nuevo apellido en la pléyade de los grandes colombianos. Ni hablar del engendro constitucional, que a fin de cuentas es obra de Uribe como de todos los políticos importantes de la época. Cuando se cuestiona el premio a las FARC se pasa por alto que todo eso se hizo antes con el M-19 y las demás bandas que se jubilaron durante los gobiernos de Barco y Gaviria. ¿Hay alguien que cuestione esas negociaciones y la Constitución en que terminaron? Yo no recuerdo a nadie, sobre todo a nadie que no esté pensando en volver a la república de Núñez y Caro.

El ascenso de Santos y la consecuente instauración del narcorrégimen no son el fruto de la "ingenuidad" de Uribe sino el producto lógico de sus hábitos de conducta. Es lo que pasa en el CD, con senadores ligados a bandas terroristas y líderes del Concejo de la capital cuyo único mérito es su parentesco con uno de los principales jefes históricos del PCC-FARC. No es el estilo de los demócratas, pero es que Uribe no es un demócrata sino un caudillo politiquero que maquina intrigas con personajes como sus ministros y los congresistas que hizo elegir en 2010. Los que creyeron que en 2010 había una mayoría hostil al terrorismo a la que Uribe iba a liderar sencillamente no entienden qué ocurre en un medio democrático. Si el presidente traiciona lo que prometió en su campaña y a la gente que lo eligió, se plantea hacerle oposición, pero eso no convenía a los cálculos clientelistas de Uribe y no se hizo, y no hubo críticos que se lo reprocharan porque lo que no hay es críticos sino a lo sumo oportunistas que tratan de formar parte de la mayoría para llevarla hacia donde les parezca.

El CD nació con esa marca del uribismo y no puede ser otro partido, por eso las camarillas del MOIR y otras más dudosas aún se hacen poderosas y tratan de acomodarse al nuevo orden: no está en su naturaleza bregar por la legalidad ni por la justicia sino por las cuotas de poder y los negocios derivados de ellas. El lloriqueo ante lo que hacen esas camarillas dentro de ese partido es un despropósito cómico: lo que la democracia colombiana necesita es otra organización, otro programa, otros líderes, otros hábitos, otro proyecto. Ante todo, la simple intención de asimilarse a las democracias, cosa que no es de ninguna manera el propósito de Uribe y su séquito. Asimilarse a las democracias no es un programa de izquierda ni de derecha, sino un esfuerzo por tomarse en serio los valores que las definen: equidad (Colombia es uno de los países del mundo con mayor desigualdad), imperio de la ley, respeto riguroso a los derechos humanos (un poder judicial que es a fin de cuentas una gran banda criminal está en todo momento violándolos). Todo eso presupone cuestionar a fondo el orden existente, sobre todo la Constitución de 1991 y las instituciones creadas entonces.

Todo eso suena como fácil palabrería porque nadie quiere ver nada que no sean las próximas elecciones. Era así en 2014, nadie se planteó que hubiera que discutir la negociación de La Habana, supongo que tampoco Mackenzie, en todo caso su crítica no resultó muy sonora respecto a la campaña infame de Zuluaga, vulgar, mediocre e inane, mucho más despreciable que lo que hace Duque ahora. ¡Todo se acababa en ganarle a Santos y no se le ganó a Santos porque no se dijo nada diferente! Las elecciones de 2018 las podría ganar un "enemigo de la paz" pero no va a ser alguien apoyado por Uribe y su camarilla. Eso es grotesco. Esas filigranas para oponerse a los acuerdos sin oponerse al que promete no revocarlos suenan a burdo engaño al votante.

Pero si no ganara un candidato así, al menos se habría sembrado el germen de una nueva política. El ritmo al que una nueva política adquiera relevancia depende de muchas variables, pero lo único seguro es que ningún uribista va a pasar a segunda vuelta, y daría lo mismo porque estaría claramente ligado al acatamiento a los acuerdos. Discutir con los seguidores de Uribe tratando de pasar por alto que es él quien "no quiere ser obstáculo para la paz" no sólo es mala fe sino exhibición patética de mala fe.

Si alguna vez hay una corriente política en Colombia que se plantee instaurar un genuino régimen democrático, tal corriente no tendrá nada que ver con el uribismo. Que surja ahora o al cabo de varias décadas no altera esa verdad. La confusión moral del partido heterogéneo y las peleas sobre la izquierda y la derecha son los elementos que salvan al narcorrégimen, porque la población indefensa no tiene quién la represente. La búsqueda de afinidad con la multitud sentimental que no tiene el menor interés en la democracia y tal vez estaría feliz con un nuevo Stroessner andino es oportunismo y mal gusto. Nada bueno resultará del CD: tratar de corregirlo es lo mismo que mejorar los acuerdos de paz, una forma de claudicar.

25 may. 2017

La derecha

Por @ruiz_senior

Sutilezas
Cuando yo era niño era frecuente en Bogotá descalificar a alguna persona que no entendía algo o no podía hacer algo diciéndole "eso es duro para el campesino". Era típico ese desprecio por la gente del campo en un país en el que la inmensa mayoría procedía de áreas rurales, seguramente todavía lo es. Cuando uno piensa en la dificultad de tantos colombianos para entender que ese lenguaje de "derecha", "izquierda", "centro" es falaz y legitimador del crimen organizado se encuentra pensando eso, en lo difícil que es para los rústicos atender al detalle de las cosas. Ya señaló Ortega y Gasset que la izquierda y la derecha son formas de hemiplejía moral, pero nada disuade a los de mente perezosa ni a los que tienen agendas ocultas o móviles psicológicos turbios.

Polisemias

Cuando uno escucha a los derechistas descubre que la descripción que cada uno hace de su ideología es diferente, como un rótulo que les resulta grato y se lo ponen a cualquier adhesión sentimental, no importa que el uso de ese rótulo no corresponda en nada al diccionario ni al uso común. En la oposición entre el bien y el mal encontraron un nombre para el bien que corresponde a sus manías o pretensiones y se lo pusieron, la derecha puede ser la libertad religiosa o la Inquisición, la más rigurosa observancia de las leyes democráticas o la más desacomplejada dictadura militar, la libertad individual o la persecución de los estilos de vida heterodoxos, el tradicionalismo o la reforma más abrupta, da lo mismo, la derecha se define porque no es la izquierda y en la izquierda se encontró el fantoche fácil de aborrecer. Como las sutilezas y los matices les resultan insoportables, toda la izquierda resulta ser lo mismo, Savater es lo mismo que Pol Pot, La Escandinavia socialdemócrata es lo mismo que Camboya, no hay que complicarse la vida encontrando matices cuando uno es consciente de las violaciones de niñas que cometen los de la izquierda.

Realidades
La historia de los países hispanoamericanos es simple: la conquista y colonización del territorio trajo consigo el despojo y la esclavitud de los aborígenes. La explotación de las riquezas de fácil acceso añadió la importación de esclavos de otro continente. Los descendientes de los dominadores, llamados criollos, aprovecharon la invasión napoleónica de España para crear Estados nuevos dominados por ellos sin sujeción a las leyes imperiales. El orden social de la Colonia se ha mantenido en sus rasgos principales en la mayoría de los países, la religión que mantiene a la mayoría de indios, negros y mestizos en el temor perpetuo cimenta ese orden y los criollos forman clanes de familias prestantes que a veces mandan a sus miembros menos enjundiosos o menos sensuales a hacer carrera eclesiástica para llegar a obispos y formar parte de la elite del poder. La religión les ayuda a proclamar una coherencia moral que en caso de transgresión cuenta con el perdón garantizado por el enunciado de la religión, siempre y cuando se reconozca la autoridad de los  ministros de Dios (es decir, de los criollos, cuyos vástagos intelectuales conforman el clero). Para formarse una idea de esa coherencia moral baste esta legislación sobre el aborto de 1897: alguna dama bien situada socialmente tendría un inquilino molesto en el vientre y sencillamente se acomodaba la ley para que no tuviera que sufrir castigo terrenal.

Falacias
Ésta es la derecha real, la resistencia de esos clanes poderosos al mundo moderno, al sufragio universal y a la voz de las mayorías: a toda noción de igualdad ante la ley, noción que violenta el fundamento del orden social, que es la condición inferior de las castas excluidas (lo que une a la izquierda y a la derecha en Colombia es la reverencia ante la inefable "acción de tutela", la abolición clara del derecho). Lo más parecido que se puede encontrar a la derecha católica son los poderosos romanos que perseguían a los cristianos, aunque con la pequeña diferencia de que aquéllos habían creado un gran imperio mientras que los godos colombianos sólo han parasitado el territorio miserable que heredaron, rodeados de pompa eclesiástica y desprecio por su populoso servicio doméstico. Durante siglos los cristianos fueron lo contrario de esta gente, al principio personas de nivel social bajo. Esa paradoja explica muy bien la evolución del cristianismo, cuyos valores originarios son la base ideológica de la izquierda en todo Occidente: colectivismo, resentimiento social, comunión de los humillados y excluidos...

Disfraces
Si se entiende la derecha como la conservación de privilegios (y no puede ser otra cosa si se quiere atender al diccionario y a la realidad de Hispanoamérica), la izquierda realmente existente es la verdadera derecha: resistencia al mundo moderno en el que se disuelven las jerarquías tradicionales y las cocineras creen que tienen los mismos derechos que los obispos. La verdadera elite intelectual de la derecha sociológica son los jesuitas, cuya universidad es hoy un evidente adoctrinadero terrorista. En general, los sacerdotes católicos de extracción social alta tuvieron mucho que ver con el surgimiento del comunismo hispanoamericano, no sólo los jesuitas que adoctrinaron al Che Guevara y a Fidel Castro, sino personajes como Camilo Torres y sus compañeros del grupo Golconda, por no hablar de las demás versiones de la Teología de la Liberación en todo el continente. El mismo fenómeno se da fuera de la Iglesia, a través de la universidad, que cumple la función que tenía la Iglesia en la época colonial: las familias prestantes siempre cuentan con profesores comunistas que, como obispos resucitados, viven rodeados de lujos por predicar la justicia. Los de derecha sólo son más toscos, el orden que defienden es el mismo pero no quieren que esté enmascarado.

Democracias

La democracia moderna es una novedad que ha avanzado en el mundo lentamente y con grandes dificultades. Hace cien años los países democráticos se contaban con los dedos, y aun en la mayoría de esos países la mitad de la población estaba excluida del sufragio. El orden antiguo resiste en la periferia, y la adhesión al comunismo no es más que una forma de esa resistencia. Naturalmente, los comunistas se proclaman los más demócratas, los verdaderos demócratas, cosa que es casi lícita en un país como Colombia, donde nada encuentra más desprecio que el diccionario. Pero eso mismo es la derecha, cuando dice defender la democracia interpreta el término de modo que resulta ser su ideario franquista y pinochetista. Nadie debe olvidar la clara afinidad del laureanismo con el régimen de Franco. Y la continua expresión más o menos velada de rasgos de antisemitismo e intolerancia religiosa, social e ideológica en cualquiera de los derechistas que uno encuentra en Colombia en las redes sociales.

Ambivalencias

La derecha no puede entenderse de otro modo que como la tradición, y en Hispanoamérica esa tradición proviene de la herencia colonial y de la España anterior. Octavio Paz señalaba que la tendencia hispanoamericana a seguir a un caudillo provenía de la España musulmana. El propio Cid campeador era un caudillo de esa clase. La derecha hispanoamericana siempre sigue a caudillos cuya relación con la democracia es dudosa, trátese de pseudoliberales como Porfirio Díaz, de tiranos grotescos como los que asolaron a Venezuela, Bolivia y varios países centroamericanos o de golpistas como los militares chilenos y argentinos de los años setenta; la derecha se siente democrática porque la izquierda es el comunismo y ellos no son comunistas. El espíritu democrático se reserva para mejores momentos. El caso del fascista Juan Domingo Perón es elocuente: no importa que su nacionalismo, su antiamericanismo y su populismo alumbraran posteriormente la versión local del chavismo, la causa superior de la patria exigía la adhesión sin fisuras. Eso mismo ocurre con Uribe, nadie va a ponerse en contra de él y su partido por mucho que objetivamente sean protectores del siniestro acuerdo de La Habana. La patria es lo importante para la derecha, por eso protege a Sigifredo López y elige a la hija de Angelino Garzón. Eso sí, se proclaman tan demócratas como los de izquierda.

Ideologías

La derecha y la izquierda son máscaras de discursos complejos que a menudo coinciden (como en la realidad colombiana, defensa de privilegios y del orden heredado de la sociedad colonial), y a menudo proveen "identidades" falaces que resultan en adhesiones muy distintas a lo que la gente cree apoyar o le conviene. El patriotismo que "nos" une en torno al hombre fuerte resulta ser el pretexto por el que se escamotea la discusión sobre la negociación de La Habana (nunca se ha cuestionado en cinco elecciones, ni se la cuestionará en 2018). Y es que en definitiva, de lo que se trata es de encontrar pretextos para mantenerse ajenos a la ley. La pasión con que tantos se adhieren a esos paquetes ideológicos me hace recordar al filósofo polaco Leslek Kolakowski, que encontraba razones para ser "liberal-conservador-socialista" sin caer en contradicciones. O en sociedades como la sueca, en las que nadie ha molestado a la monarquía ni a la nobleza ni ha impedido el desarrollo empresarial pese a haber estado por muchas décadas gobernados por socialistas.

Necesidades

Lo que Colombia necesita no es retornar a la sociedad colonial sino asimilarse al mundo moderno. Superar el parasitismo de los funcionarios (que podría ser igual o peor antes de los comunistas), el servilismo de las costumbres, la indolencia generalizada, la laxitud de la aplicación de las leyes, el reino de la mentira en los medios de comunicación y las complicidades con organizaciones criminales. Nada de eso corresponde a lo que el diccionario concibe como derecha, menos cuando de forma obscena, grotesca y ridícula los derechistas afirman su pertenencia al partido de centro que protege el reino del narcoterrorismo. Tal vez lo que más se necesite sea el respeto de uno mismo. Y aún queda mencionar el regalo fabuloso que es para las mafias del secuestro y la cocaína que se les entregue la bandera del cristianismo originario (véase al respecto la "historia moral de la propiedad" que Antonio Escohotado publicó con el título de Los enemigos del comercio). La izquierda como una asociación de canallas dedicados a secuestrar y masacrar gente sólo existe en Colombia. Las discusiones sobre el gasto público, las libertades, etc., no se pueden degradar al punto de que quien no quiera el ideario corporativista de Laureano Gómez y los tribunos grecocaldenses sea equivalente a Petro y los demás malhechores. Eso a veces parece el recurso de gente que no se distingue TANTO de ellos.

23 may. 2017

Las cinco locomotoras y los tres pilares de Santos

Por Jaime Castro Ramírez

Una de las responsabilidad fundamentales de un gobernante para con sus gobernados es cumplirles sus compromisos traducidos en las promesas de gobierno en que incurrió para hacerse elegir, pues desatender esta seria responsabilidad es muy grave porque se convierte en nada más y nada menos que en un calculado engaño al pueblo. Ante un evento de esta naturaleza por supuesto que opera la responsabilidad política, pero quizás en uno de los defectos de la democracia, esto se sabe que termina en un efecto simplemente simbólico y no de trascendencia jurídica condenatoria por el incumplimiento y engaño a sus electores. La condena a un personaje de estos no suele pasar de la crítica de pasillo, y cuando más, se le asigna a ese gobernante o exgobernante la condición de desleal y traidor con el pueblo.

Examinemos las promesas del presidente Santos 2010 - 2014
Para el primer gobierno, empezó con la muy ‘ambiciosa’ bandera identificada con Las insignias de cinco locomotoras insertas en el Plan de Desarrollo “Prosperidad para todos”, las cuales dizque sacarían al país de todas las dificultades. Esas locomotoras santistas eran: 1. El agro. 2. Vivienda. 3. Infraestructura. 4. Innovación. 5. Minería.

De esas locomotoras, unas arrancaron muy lentamente, y tal vez sin saber para dónde iban, y al no saber para dónde iban, pues llegaron a la instancia del descarrilamiento, como ocurrió con la locomotora del agro; y otras locomotoras ni siquiera arrancaron.

1. En el caso del sector agropecuario, los ministros que pasaron por esa cartera sin tener idea de lo que implica manejar el agro, no supieron articular políticas públicas de fomento ni de verdaderos incentivos al trabajador del campo, al agricultor que expone su patrimonio en una inversión cuantiosa y sometida al riesgo que implica producir cosechas en estos tiempos cambiantes. El invento de la “ley de víctimas y restitución de tierras” no pasó de ser un muy oneroso anuncio, y por lo mismo incumplible, pues el asunto era que a cada una de las ochenta mil víctimas que cuantificaron le entregarían un cheque de veinte millones de pesos, lo cual no ocurrió, y respecto a la restitución de tierras ha sido otro fracaso, pues incluso, por falta de garantías y seguridad estatal para los reclamantes, lo que ha ocurrido es el asesinato de personas que empujados por dicha ley han acudido a reclamar sus predios.

2. La locomotora de vivienda, al terminar el primer periodo de gobierno, puntualmente al término del mes de mayo de 2014, la promesa que hizo Santos en 2010 de entregar cien mil viviendas gratis, apenas había cumplido con 22.800

3. Respecto a infraestructura, pasaron los primeros cuatro años de gobierno y esa tal locomotora ni siquiera la prendieron para calentar motores. Lo único que se vio moverse con suficiente dinámica fue la mermelada a congresistas para supuestas obras terciarias pero que tenían la finalidad de aceitar la maquinaria política para las elecciones de reelección presidencial. Habría que agregar que en el segundo periodo de gobierno (enero de 2016), Santos vendió a Isagen, y prometió a los colombianos que ese dinero (6.5 billones de pesos) tenían una destinación específica para las grandes obras de infraestructura. Pues lo que hay que decir año y medio después es que esas grandes obras de infraestructura están paradas, valga mencionar el túnel de la línea, y la ruta del sol que aparte de estar parada, solo se ha ejecutado el 50%, y sin contar el importante tramo Villeta-Guaduas; y además sin hablar del tema ferroviario que no se ve. Razón tiene Anif al afirmar a través de sus estudios que transportar un contenedor en Colombia cuesta US$1.400, mientras que en Perú o Chile vale US$600. En estas condiciones es muy complicado el tema de la competitividad. La pregunta entonces es: ¿dónde está la plata de Isagen, qué camino cogió ese dinero, sería que se convirtió en la mermelada del plebiscito? Santos debe rendirle cuentas a los colombianos.

4- La locomotora de innovación, importante para que haya progreso en el país, tampoco prendió motores, quizás permaneció varada desde 2010 hasta 2014.

5. Por último, la siguiente locomotora, la de minería, fue la única que arrancó normalmente, pues incluso se hizo la reforma a las regalías para incentivar el desarrollo regional, y aunque se haya presentado la circunstancia de que unos ganaron y otros perdieron, se estableció una norma de equidad para las regiones. Sin embargo, este rubro ha tenido un lado muy maluco que es la minería ilegal, causante de graves daños ambientales y generador de violencia.

Promesas para el periodo 2014 - 2018
Aquí aparecen los tres pilares de Santos que conforman su Plan de Desarrollo “Todos por un nuevo País”: 1. País en paz, 2. País con equidad, 3. El país más educado de América Latina.

1. País en paz, es un tema muy discutible. Guillermo Santos Calderón (hermano del presidente Santos) dice en el Tiempo del 22 de mayo de 2017 lo siguiente: “¿Llegó la paz que el gobierno dice? Alguien debe buscar en un diccionario la definición de la palabra paz y corregirla, pues la verdad es que lo que estamos viviendo no es paz. De hecho, peor que antes. Petardos en las ciudades, plan pistola y policías muertos, justicia que pone a asesinos de las Farc en la calle, como el del El Nogal, y paros por todos lados. ¿Esto es paz?”. Lo dicho aquí por Guillermo Santos resume muy bien el actual panorama de orden público en el país, y esto a muy poco tiempo de acabarse este gobierno, y resume muy bien la paradoja que utiliza el presidente Santos con su teoría de lo que llama “Colombia en paz”, paradoja que se convierte en una idea extraña y opuesta a lo que la opinión pública sabe que es la verdadera realidad sobre la paz.

2. País con equidad. Esa cualidad de la equidad que consiste en dar a cada cual lo que se merece, esto no se observa, ni en términos de nivel de vida, ni en términos de justicia, ni en el sentido de una política estatal de trato apropiado respetando las diferencias. Hablar de equidad no ha pasado de la simple intención, pues si no hay obras de infraestructura terminadas que ofrezcan progreso para el país, si no hay masiva inversión en nuevos proyectos productivos empresariales, si solo hay reforma tributaria con efectos casi que confiscatorios, pues simplemente el tema de equidad sigue convertido únicamente en retórica, en márgenes de necesidades insatisfechas, o dicho de otra forma, en márgenes de subdesarrollo enmarcados en pobreza, una justicia parcializada, y donde se persigue a quienes no hacen parte del entorno del gobierno y que piensan diferente, se persigue y se encarcela a opositores. Todo esto configura una grande distancia con el concepto: equidad.

3. Colombia el país más educado de América Latina. Una ambición muy pretensiosa, sin fundamentos reales o racionales, y que quizás raya en una prepotencia innecesaria y sin justificar frente a los países amigos de Latinoamérica. La educación pública en Colombia es ineficiente por la falta de apoyos económico y tecnológico, empezando por decir que a estas alturas, en pleno siglo XXI, no hay bilingüismo en la educación pública, con el agravante de tener profesores mal pagos y que no los capacitan suficientemente, y cuando ellos piden mejoras en la educación, la respuesta del presidente Santos es que no hay plata para atender sus peticiones. A propósito, es válido decir que en la negociación con las Farc, Santos a ellos no les negó ninguna de sus exigencias, las cuales valen muchísimo dinero. De los 72 países evaluados en diciembre de 2016 en el Programa para la Evaluación de los Alumnos (pruebas PISA), Colombia obtuvo los siguientes resultados: en ciencia puesto 57, matemáticas puesto 61, y en lectura puesto 54. Advirtiendo que en los resultados en América Latina, a Colombia la superaron, en ciencia: Argentina, Chile, Uruguay, y Costa rica; en matemáticas: Argentina, Chile, Uruguay, México y Costa Rica; y en lectura: Argentina, Chile, Uruguay, y Costa Rica. En estas pruebas solo fueron evaluados estos tres conceptos citados.

La conclusión sería que a nivel del gobierno se habla más de la cuenta, y se promete mucho sabiendo que no pasa de ser simple retórica, y se incurre entonces en el engaño.